Giovanni Giustiniani, el genovés que se interpuso entre Constantinopla y el Imperio otomano

Giovanni Giustiniani Longo nació en 1418 en Génova, Italia en el seno de una familia de gran poder emparentada con los Doria. No le gustaba la política y aunque su familia, de noble linaje, se dedicaba a los negocios y relaciones públicas, Giustiniani fue un alma libre y pronto se convertiría en un noble mercenario, más mercenario que noble.

En su juventud se dedicó a la piratería y realizó incursiones por las Islas griegas. Su zona de actuación era el mar Mediterráneo oriental y el mar Egeo. A parte de la piratería comenzó a encargarse de la defensa de los intereses de Génova.

Un condotiero devoto

En unos años en los que el Imperio otomano comenzaba a dominar los mares, Giustiniani empezó a ganar fama en Europa como un gran defensor de ciudades. Su reputación aumentó cuando logró repeler en 1440 una flota turca que pretendía tomar la Isla de Quíos.

Años más tarde en 1452, el recién nombrado sultán otomano Mehmed II se dispuso a tomar Constantinopla y redujo el Imperio bizantino a la capital. Su sueño era tomar la ciudad y la guerra parecía inevitable. Constantino XI pidió ayuda al occidente cristiano en unos años en los que la iglesia católica y ortodoxa no estaban unidas y existía desconfianza. A pesar del cisma, Constantinopla envió mensajeros a todos los estados cristianos para que les enviaran ayuda.

¿Quién acudió a la llamada? Giovanni Giustiniani que en aquel entonces era cónsul de Génova en Crimea. Cristiano devoto, puso rumbo hacia Constantinopla junto a 700 soldados muy bien formados y experimentados procedentes de Italia. El 29 de enero de 1453 llegó y trajo algo de esperanza al pueblo bizantino que para muchos ya estaba condenado.

Constantino XI le puso al mando de la defensa de la ciudad nombrándolo protostator teniendo a las tropas bizantinas a su disposición. Siempre y cuando hubiera dinero para pagarles y recibiera la isla de Lemnos que el emperador le había prometido, Giustiniani aseguró: «Si es necesario moriremos por el honor de Dios y de toda la Cristiandad».

El hombre que defendió Constantinopla

En 1453 Mehmed II estaba listo para asediar Constantinopla. Más de 27 ejércitos habían fracasado en el intento de tomar una ciudad que a ojos de la mayoría era imposible de conquistar, entre ellos el padre de Mehmed, Murad II.

El ejército otomano de 80.000 soldados había recorrido más de 200 kilómetros y se presentaba a las puertas de los últimos resquicios del Imperio romano. En ese momento, lo único que se interponía entre Constantinopla y Mehmed II era Giovanni Giustiniani y 8.000 hombres defendiendo más de 20 kilómetros de muralla.

Giovanni Giustiniani unió su destino al de Constantinopla confiando en que los muros pudieran resistir el tiempo necesario como para que llegara más ayuda enviada por el Papa. A los otomanos no les gustaban los asedios largos y sabiendo de las varias líneas amuralladas con desnivel con las que contaban en la ciudad, emplearon unos cañones de gran tamaño nunca antes vistos. El uso de artillería pesada en este asedio puso de relieve la transición hacia una época en la que las murallas no ganarían más guerras.

Inicio de la guerra

El asedio comenzó el 7 de abril de 1453 y el bombardeo incesante iba minando la moral de los defensores que veían como sus muros se debilitaban aunque aguantaban. Giustiniani no quería que los otomanos estuvieran cómodos en las afueras de la ciudad por lo que él y sus hombres hacían pequeñas incursiones al exterior con el objetivo de pillar desprevenidas a las tropas de Mehmed.

Los ataques relámpago de Giustiniani surtían efecto, sus soldados equipados con espadas y armaduras pesadas atacaban al anochecer causando importantes bajas en el ejército otomano. Se cuenta que en uno de estos combates los soldados de Giustiniani barrieron más de un centenar de otomanos sin sufrir ni una baja.

El 20 de abril hubo buenas noticias para los bizantinos cuando cuatro navíos enviados por el Papa, de los que tres eran militares y uno con recursos y alimentos, fueron avistados desde la ciudad. Los otomanos trataron de impedir que entraran al puerto, pero los barcos genoveses atravesaron el bloqueo y entraron por el Cuerno de Oro gracias a sus galeras, embarcaciones mucho más grandes que las de sus contrincantes. Esto supuso una dosis de esperanza para Constantino XI y Giovanni Giustiniani.

Se inclina la balanza

Sin embargo, a partir del 22 de abril nuestro personaje histórico tuvo que prescindir de atacar al exterior debido a un giro en los acontecimientos. En un momento crítico en el que los otomanos habían perdido muchas tropas, algunos de sus altos mandos desconfiaban del sultán y la moral de los soldados estaba cayendo en picado, Mehmed II mostró un gran ingenio y tras amenazar a Gálata comprando su silencio, trazó un plan para transportar sus barcos por tierra e introducirlos dentro del conocido Cuerno de Oro, todo con el objetivo de obligar a las ya escasas fuerzas defensoras a proteger otro frente más.

Continuaron los bombardeos, pero esta vez en dos frentes que ponían a los bizantinos contra las cuerdas. Giustiniani aconsejó que no debían quedarse de brazos cruzados y era necesario recuperar el control del Cuerno de Oro con un ataque sorpresa a su flota. A Constantino XI le pareció bien, pero fueron traicionados y el plan llegó a oídos de Mehmed que esperaba el ataque y masacró a los bizantinos.

La guerra fue muy cruel, las tropas de Giustiniani agotadas, trataban de reforzar los muros cada vez más dañados. Las arcas de la ciudad se vaciaron y la única manera de pagar a Giustiniani y sus mercenarios fue fundiendo obras y reliquias de la iglesia convirtiéndolas en monedas de oro. Al otro lado, aunque los otomanos estaban ganando la guerra lentamente, las numerosas bajas pesaban mucho y el costo de mantener a un ejército tan numeroso durante tantas semanas era inasumible.

Malos presagios y último asalto

«Aguantar y aguantar» era la tarea que Giustiniani tenía encomendada, aguantar hasta que una flota procedente de Venecia llegará en su auxilio. El tiempo para Mehmed II era oro y el temor de una posible llegada de navíos occidentales al rescate de Constantinopla le hizo precipitarse y acertar.

Tras varios malos presagios el ánimo de la ciudad de Constantinopla estaba por los suelos. En primer lugar, la noche del 24 de mayo hubo un eclipse lunar viéndose roja. Al día siguiente una gran tormenta se ciñó sobre la ciudad, mientras que a las afueras Mehmed II miró a sus tropas que jaleaban y les dijo: «Dios les ha abandonado». El asalto final se iba a llevar a cabo.

El 29 de mayo Mehmed II lanzó una gran ofensiva por oleadas para poner fin al asedio. Giovanni Giustiniani al mando de la defensa hizo frente a la primera oleada enfrentándose a los Basi-bozuk, tropas irregulares y poco formadas que solo sirvieron para cansar a Giustiniani. Después en la segunda oleada cargaron las tropas regulares otomanas, las cuales causaron importantes bajas a los bizantinos aunque no lograron penetrar en la ciudad. Por último y como último recurso de Mehmed atacaron los jenízaros, los soldados de élite del imperio otomano. Estos consiguieron romper las líneas y herir de gravedad a Giustiniani que tuvo que abandonar su puesto de combate.

Giustiniani le dijo a Constantino XI que escapara mientras pudiera, «la ciudad estaba perdida». A diferencia de Constantino XI que decidió quedarse a morir y defender Constantinopla hasta al final, nuestro personaje histórico escapo mal herido en una galera rumbo a Quíos donde falleció a los pocos días a causa de la gangrena. No murió en Constantinopla, pero sin él y sus hombres la ciudad hubiera sucumbido mucho antes. Este fue el final de un personaje histórico decisivo en un acontecimiento que marcó el fin de la Edad Media.

Si te ha gustado la historia de Giovanni Giustiniani te invito a leer la historia de Mehmed VI, el último sultán del Imperio otomano.


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